En Soir Bleu, uno de los primeros Hopper de la colección de Whitney, se ve un grupo de siete personas. Una prostituta exageradamente maquillada, un payaso de cara blanca, un militar con charreteras, un bohemio barbudo y un par de aristócratas marginados comparten espacios sin interactuar. Ambos, fingiendo indiferencia al público, se recogen en una pena privada. Es una imagen ambiciosa e inerte, demasiado torpe en su alegoría a la desconexión. Su falta de conexión no se refleja al espectador, como podría hacerlo una pintura ironista o expresionista. Simplemente es. Estamos en un café en algún sitio de Francia. Los mecenas se sientan en las mesas. Justo en el medio, interpelándonos, está el payaso. Lleva un traje blanco con volantes y también va maquillado blanco, con dos líneas rojas en los ojos y labios también rojos. Está fumando un cigarrillo. Hopper es un artista sin sentido del humor. Pinta sin ingenio, sin conciencia. Su payaso, pues, no podía estar feliz. Quizá debemos aceptar el hecho que Hopper pintó un payaso triste fumando un cigarrillo en una cafetería porque sentía que la escena era patética. Le conmovía tanto la figura del payaso deprimido que pintó una de las pinturas más tontas de la época.
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