Imponente e impasible, un hombre alto y vestido con relucientes ropas blancas hace guardia mientras sujeta una fina espada que parece la extensión de su musculoso brazo. Poder e intriga emanan de la pintura. ¿Qué es lo que hace que esta imagen sea tan fascinante? Más allá de la escala casi real de la obra, destaca el impresionante contraste entre los deslumbrantes ropajes del hombre y los elementos oscuros de la pintura: su piel de ébano y el interior sombrío. La riqueza de detalles (los pliegues de los tejidos, las hebras de hilo y las intrincadas incrustaciones de oro del mango y la vaina de la daga) es notable y asombrosamente realista. El hecho de pintar sobre un panel de madera suave en vez de un lienzo permitió al artista crear una imagen sin pinceladas visibles y representar las diferentes texturas y rasgos con la máxima precisión.
¿Quién hizo esta extraordinaria pintura? Puede resultar sorprendente saber que el artista de la obra fue Eduard Charlemont, un pintor vienés apenas conocido. Durante su adolescencia, su padre lo formó en la pintura de retratos en miniatura. Posteriormente, viajó por Europa para perfeccionar sus habilidades artísticas y acabó estableciéndose en Francia, donde vivió durante treinta años. La mayoría de las pinturas de Charlemont son retratos, interiores europeos y murales, obras muy diferentes a El jefe moro. No obstante, en la Europa del siglo XIX, existía cierta fascinación con el Este, que abarcaba el norte de África, Oriente Medio y Asia Occidental. Como resultado, se pintaron numerosas imágenes denominadas orientalistas, aunque, a diferencia de esta, muchas se trataban de excitantes escenas de mujeres en un harén.
Charlemont expuso esta pieza en el Salón de París de 1878 con el título Guardián del serrallo, que indica la posición del hombre, encargado de vigilar los aposentos de las mujeres en una vivienda musulmana. Los arcos y muros con motivos ornamentales estaban inspirados en la Alhambra, un palacio-fortaleza moro del sur de España construido en los siglos XIII y XIV. Cuando se adquirió en 1892, la pintura se conocía como El guardián de la Alhambra; recibió su actual título dos décadas después. Obra típica dentro de las pinturas orientalistas, El jefe moro no era más que una escena preparada con un hombre disfrazado: decepcionante, pero espectacular.
- Martina Keogan
P. D. La fascinación europea con el Este está presente también en el orientalismo de Eugène Delacroix.